Muerte en La Ferrolana

Cuando las autoridades policiales y el médico forense se presentaron en la habitación No. 12 de la pequeña hostería de la aldea, ya la mirada del desconocido hacía rato que estaba clavada en el techo de tejas del aposento.

– Es extranjero. Le di hospedaje anoche. Venía herido del accidente de trenes ocurrido ayer-dijo lacónicamente el dueño del comercio, al abrir la puerta del referido cuarto a las autoridades.

La certificación médica no se hizo esperar. Porque sin apenas examinar el cadáver, el forense dictaminó: ¨muerte por shock traumático¨.

El día antes, para evadir posibles complicaciones y demora con el accidente ferroviario, el forastero se había marchado del lugar del siniestro y se trasladó a la más próxima localidad. Conducido por un vecino a la única posada de la aldea, allí fue atendido por el propio dueño, quien ordenó de inmediato al camarero que le preparase al recién llegado una buena cena y le sirviera el mejor vino.

Mientras el inesperado huésped comía, el dueño, sentado a la mesa del cliente, escuchaba atentamente el relato sobre la tragedia provocada por la colisión de los trenes ocurrida apenas horas antes y en la que perecieron varias personas y muchas más resultaron heridas.

De pronto, al alzar la vista hacia la pared del restaurante, el desconocido estalló en carcajadas al observar el nombre del establecimiento.

– !La Ferrolana!

– ¿Qué le pasa, amigo? -preguntó sorprendido el propietario

– !Vaya casualidad! En Gibara, Cuba, al norte de la provincia de Oriente, había un hotelito que tenía este mismo nombre, el cual me trae gratos recuerdos de mi vida de artista y mis tiempo de Don Juan.

En efecto, treintas años atrás el entonces galán del arte de Talía fue huésped, por largo tiempo, de la famosa hostería gibareña, de la cual era dueño un matrimonio español, posiblemente oriunda ella de la ciudad de El Ferrol, ya que usaron su gentilicio en el nombre del comercio.

Pronto el actor entabló amistad con la hermosa española, afecto que no demoró en devenir relaciones amorosas, fruto de las cuales, al decir de algunos clientes del establecimiento, les trajo un hijo a quien la madre bautizo con el nombre de Ismael.

Antes de que naciera el vástago, concluyó el contrato de la compañía teatral en la que trabajaba el galán, por lo que abandonó la villa junto con sus compañeros de tablas.

Por anónimos que le enviaron, el dueño de la Ferrolana supo de los comentarios y quizás, por no poseer pruebas concluyentes o por el ciego amor que le profesaba a su joven esposa, le perdonó su infidelidad, ya que jamás le dio a entender nada; ni tampoco al chico, a quien crió con sumo esmero y ternura. Mientras en La Habana, viajantes que tenían amistad con el actor de marras y visitaban frecuentemente Gibara le decían a este en forma festiva: ¨Ismael, el niño de La Ferrolana es la misma cara tuya”.

Deseos no le faltaron al actor de tomar el próximo buque que zarpara rumbo a Gibara para conocer al chico, pero por razones que desconocemos, jamás lo hizo.

Tiempo más tarde, y debido a la competencia que le hacían los hoteles lujosos, la clientela de La Ferrolana decayó de tal forma, que el dueño decidió liquidar el negocio y regreso a España con su mujer y el chico, En una pequeña aldea abrió otra posada a la que le puso el mismo nombre que a la de Gibara.

Pasaron diez, veinte, treinta años. La esposa del hotelero había muerto, pero en su lacho de enferma conto a su hijo Ismael el desliz que había cometido en Gibara.

En Cuba, agraciado por un premio de la lotería, el ex joven obtuvo cuarenta mil pesos y vio con ello la posibilidad de realizar su más caro anhelo: visitar España y recorrer muchas de sus provincias.

Y así lo hizo. paseo, bebió, comió y disfruto por muchos días, hasta que vio interrumpida su gira turística a causa del choque de trenes, accidente que a la postre, y como ya señalamos, lo llevo a la pintoresca aldea gallega.

-!Qué española aquella, mi viejo! Era un primor. Pasé una temporada divina, desde luego, pues su pobre marido le llevaba unos cuantos abriles. Dicen las malas lenguas que tuvo un hijo que era mi retrato.

A pesar de que el inesperado huésped estaba profundamente emocionado ante los muchos y gratos recuerdos que galopaban centellantes en su mente, pudo percatarse del vivo interés que despertaba en el anciano propietario su relato, a tal punto que le espetó:

– ¿Ha estado usted en Cuba? ¿Conoce Gibara?

La respuesta fue rápida, seca, breve y tajante:

– !No!

Acto seguido, el anciano se levantó de la mesa y dirigiéndose al sirviente le dijo:

– Ismael, conduce al caballero hasta su habitación; tiene la No. 12.

Avanzada la madrugada, el viejo tomó un pesado garrote de hierro y penetró con la llave maestra al cuarto del viajero…

Cuando amaneció, el anciano dueño del mesón le mando un aviso al médico de la aldea, redactado en los siguientes términos: “Un extranjero que se hospedó anoche y venía en uno de los trenes que chocaron, parece que está muerto “.

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